Lo inconcluso de la tarea no significa necesariamente negligencia u olvido, aunque sí puedan incluirse esos elementos cuando nos ponemos a pensar en “las razones de educar”; quiere decir más que nada que como práctica o como actividad, el discurrir acerca del papel de la institución escolar en los principios del siglo XXI, no puede cerrarse o concluirse con la aceptación del discurso que ha instalado la transformación educativa como estandarte de los nuevos tiempos.
Las palabras, si bien no nos aprisionan, al menos nos cercan y nos “ponen en situación”: términos tales como “transformación”, “cambio”, “nuevo”, parecen más hechos que palabras. ¿Quizás sean hechos y no solamente palabras?
Este curso es una revisión a fondo de la relación entre las palabras y los hechos que le dan significado a la profesionalidad docente y al sentido social que tiene la misma. Y visto esto desde el actual contexto de cambio y transformación que tiene la escuela.
En los comienzos de la civilización occidental, hace ya más de 2.700 años, la idea de cambio producía horror entre los antiguos griegos. Heráclito, célebre pensador de Efeso, transmite a Platón esta noción poco tranquilizadora del cambio como generador de corrupción, asociado a la imposibilidad de tener algo firme y constante. Marcado por su origen social (ambos – recuérdese – son aristócratas), durante mucho tiempo persistió esta visión “negativa” o pesimista del cambio.
Tenemos que llegar a los siglos de la modernidad para hablar positivamente de los cambios o del cambio. Comienza con la revolución copernicana y continúa con los acontecimientos políticos que llevan a reyes al cadalso y a una clase social al poder y al gobierno.
A esta altura del planteo podemos decir que actualmente coexisten estas visiones acerca del cambio. Depende muchas veces de quiénes apoyan qué tipo de cambio y quiénes lo rechazan.
Para nosotros el cambio es básicamente una evidencia empírica, un hecho lo más parecido a un fenómeno de la naturaleza. Cuando se viene la tormenta – como se dice – uno puede sorprenderse, disgustarse, especular sobre los posibles daños. Pero el hecho es que se viene.
Ahora bien, que sea “lo más parecido” no significa que es lo mismo. En lo social y cultural, el o los cambios no son tan naturales como las tormentas o el granizo. Aunque tengan efectos tanto o más fuertes que los fenómenos naturales mencionados.
Por otra parte, muchas veces los cambios “naturales” son productos de la acción del hombre. Especialmente los que tienen impacto negativo. La contaminación de los ríos, la lluvia ácida, el efecto invernadero; son cosas que le ocurre a la naturaleza pero que nos involucra como factores determinantes.
La complejidad del cambio (o de los cambios) merece que tengamos una mirada especial hacia estos fenómenos y que le demos un particular significado a la pregunta sobre los mismos. Los ejemplos anteriores son útiles para entender estas premisas.
¿Qué se quiere decir cuándo se afirma que la escuela es una institución en cambio?
Que esto es un hecho, una evidencia que se sostiene prácticamente en sí misma. Y por lo tanto, que la institución escolar es ella misma, acción y efecto de cambio. De un cambio que se presenta como un desafío y como una complejidad.
Un desafío para evitar la “trampa” del dualismo presentado en el inicio (el cambio asociado a lo negativo o a lo positivo, según las condiciones sociales e históricas). Esta concepción “binaria” es más una dificultad y una reducción que una apertura.
La complejidad deviene de pensar y de actuar convencido de que hay una combinación de factores o de determinaciones que conviven con la experiencia cotidiana que tenemos acerca del cambio. Pero que por nada del mundo podemos considerar naturales o inevitables.